Siete meses y veintiséis días, con sus doscientas treinta y seis respectivas noches; y aún la extrañaba.
Ya no la quería, es cierto, o al menos ya no la amaba. Se había acostumbrado a su ausencia, a pensar en ella como un fantasma, como un simple recuerdo, quizás incluso como el recuerdo de un recuerdo. Le resultaba imposible cerrar los ojos y dibujar su rostro, pero podía recrear con exactitud el olor de su perfume.
Ni las fiestas, el alcohol, el sexo por simple placer, ni si quiera las drogas habían logrado llevarse su recuerdo, cubrir el vacío. Una vida de excesos, una vida rápida, de esas que siempre soñó tener, hoy aquí, ¿y mañana? Mañana Dios dirá.
No valía con llenar las horas, con evitar las noches de aburrimiento en las que solía pensar(la). No valía, pues era precisamente el aburrirse lo que tanto le faltaba. Hubiera cambiado la mejor de las fiestas por dejar correr el tiempo a su lado, sin hacer nada, sin decir nada, sin abrir si quiera los labios, pero diciéndoselo todo.
Pero es cierto, no, ya no la quería, o al menos ya no la amaba.
