Corrió hacia la parada aún sabiendo que era en vano, ya pasaban seis minutos desde las 7:22 de la mañana, le tocaría esperar al siguiente autobús, el de las 7:34.
Entonces redujo el paso y prosiguió el camino maldiciéndose por haber salido la noche anterior, por aquellas copas de más que aquella mañana le habían impedido moverse de la cama, al menos a tiempo.
A fin de cuentas él era un trabajador ejemplar, siempre puntual, y su trabajo siempre estaba listo en las fechas previstas. Ni un retraso, nunca. Poco importaba llegar una mañana tarde, y en cierto modo había merecido la pena por dejar la rutina y el estrés diario a un lado, por olvidarse por una noche del reloj.
Seguía absorto en sus pensamientos cuando la vio. No sabía exactamente qué era lo que le llamaba la atención de aquella chica, pero sin duda nunca había visto nada igual.
A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador, se convenció a sí mismo de que no se encontraba del todo bien, que mejor sería dormir un rato más, y coger el autobús de las 7:34.
Para alguien tan responsable como él, resultaba un esfuerzo muy grande tener que hacer caso omiso de la alarma, todo por verla. Los días pasaron y tomó la determinación de atrasar directamente todos los relojes de la casa doce minutos. Así no se sentiría tan mal por estar descuidando sus obligaciones… y todo por una completa desconocida.
Su día a día pasó a ser un sinvivir. Llegaba a la parada, donde ella seguía como cada mañana, sonriente; y tras un trayecto a su lado (si tenía suerte y el autobús no estaba muy lleno, pues muchas veces se tenía que conformar con contemplarla de lejos) se bajaba, disimulaba un poco, y al torcer la esquina echaba a correr como un loco. Aún así solo conseguía llegar a las 8 y 8, y eso si tenía la suerte de que los semáforos se pusieran de su lado.
Era consciente de que la situación era insostenible, que algún día le despedirían… ¿Y entonces qué? ¿Seguiría yendo cada mañana a la parada a las 7:34? Ni él mismo lo sabía.
Pero, por desgracia, la solución a sus problemas llegó pronto, y ella no volvió a aparecer. Tras veinte días de espera su jefe le dio el toque de atención definitivo, y él mismo se dio cuenta de que había llegado a su límite. La vida no era como en las comedias románticas, no existían los flechazos, y mucho menos aquellos que vivían única y exclusivamente en una parada de autobús.
Decidió volver a su vida de antes, olvidarse de aquella chica que realmente nunca existió, o al menos no más que en sus sueños. Se levantó de la cama, se duchó, y salió dispuesto a coger SU autobús, el de las 7:22.
Estaba tan deprimido que ni siquiera levantó la cabeza. Entró y eligió el primer asiento libre que vio junto a la ventana. De repente, alguien se sentó a su lado y le dijo:
- - Llevaba veinte días esperándote. No quería verte correr más, y a mí no me importa madrugar un poco más. Total, son solo doce minutos…




