viernes, 22 de octubre de 2010

09-09/ 07-10



    Llegó a sentir que le pertenecía, a sentir sus calles como suyas… aún sabiendo que no era cierto, que sus días allí tenían fecha de caducidad, que solo estaba de prestado. Sabía que llegaría el momento de volver, y que aunque se tratase solo de un “à bientôt”, la vuelta se haría mucho de esperar.

En ocasiones, y aún a mil kilómetros de distancia, le gustaba fantasear e imaginarse de nuevo allí, mientras escuchaba “La vie en rose”, esa que hace no tanto parecía ser la banda sonora de sus días.

Recordaba cada detalle a la perfección, cada mágico rincón, y el olor a pan recién hecho, fuera la hora que fuese.

Sonreía al pensar como un día, muy muy lejano, pudo sentir miedo de una ciudad así, siempre llena de luz y color, siempre tan viva y repleta de gentes. Bicicletas, violinistas, camisas de rayas, y boinas. Quizá fueran tópicos, pero a ella habían logrado robarle el corazón.
Sonreía al recordar cómo, al poco tiempo de llegar, de acomodarse a la que ya había pasado a ser SU ciudad – aún siéndolo solo de adopción- hasta los suburbios le parecían algo de lo que sentirse orgullosa.

Pero, ¿de qué otra manera podía sentirse? Si sentarse en el tiovivo a contemplar al viejo pianista que bordaba “La Vals d´Amelie” ya formaba parte de sus mejores recuerdos. Porque es eso todo lo que le quedaba sí, recuerdos. El sonido del tranvía, el mendigo de siempre, aquellos carniceros que le hacían sentirse como en casa… quedaban relegados a simples, y con el tiempo a vagos recuerdos.

Cerro los ojos y se sintió de nuevo allí por un momento, como si el tiempo no hubiera pasado...

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