martes, 26 de octubre de 2010

Las ilusiones perdidas (El País, 02-10-10)

     No se van en trenes con maletas de cartón pero llevan sus bienes más preciados: un portátil, un móvil de última generación regalado por un familiar o conseguido a base de una lucha de puntos sin cuartel. Suelen tomar un vuelo de bajo coste, cazado pacientemente en las redes de Internet. Se van a hacer un máster, o han logrado una mal llamada beca Erasmus que costará a la familia la mitad de sus ahorros. Otras veces van a hacer de au-pair, de auxiliar de conversación, o a cualquier trabajo temporal. La familia va a despedirlos a la puerta de embarque y mientras se alejan disimularán unos su pena y otros su incipiente desamparo. "Es por poco tiempo -se dicen-. Dominarán el idioma, conocerán mundo... Regresarán en pocos meses". 

Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que les permitía gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad casi infinita de aprendizaje... Hasta que llegó la crisis y la maleta pareció distinta, la espera en la fila de embarque más embarazosa, la despedida más triste y el fantasma de la ausencia definitiva más cercano.


No. No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga. Ha sido una cadena invisible de acontecimientos. Estuvieron allí hace unos años, o tienen una amiga que les ha informado de que puede encontrar algún trabajo con facilidad. No pagarán mucho, eso es seguro, pero podrán ganarse la vida con cierta facilidad... A fin de cuentas aquí no hay nada.
Y se marchan poco a poco, sin alboroto alguno. Un goteo incesante de savia nueva que sale sin ruido de nuestro país, desmintiendo la vieja quimera de que la historia es un caudal continuo de mejoras.

No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni adonde se dirigen. No se agrupan bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. "Mi hija está en Berlín", "se ha marchado a Montpellier", "se fue a Dubai" son frases que escuchamos sin reparar en el significado exacto que comportan. Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país.
En los tiempos de crisis que detallan cada euro gastado nadie computa los centenares de miles de euros empleados en su formación y regalados a empresarios de más allá de nuestras fronteras con una torpeza sin límites, con una ignorancia sin parangón. Menos aún se cuantifican el esfuerzo de sus familias, las ilusiones perdidas y sus sueños rotos en mil pedazos.

No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que azota especialmente a Andalucía, que dispersa a nuestros jóvenes por toda Europa y gran parte del mundo, que nos priva de su saber, de su aportación y de su compañía. Pero, aparentemente nadie se escandaliza por esta fuga de cerebros, lenta pero inexorable, que nos privará de muchos de nuestros mejores talentos. Nadie protesta por esta nueva oleada de exiliados que son una acusación silenciosa del fracaso y de engaño. Se van en silencio por el túnel de embarque en el que les alcanzará la melancolía por la pérdida temprana de su tierra.

No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridos ni-nis que sirven para culpar a la juventud de su falta de empleo. Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.


Concha Caballero
ELPAÍS.COM

viernes, 22 de octubre de 2010

09-09/ 07-10



    Llegó a sentir que le pertenecía, a sentir sus calles como suyas… aún sabiendo que no era cierto, que sus días allí tenían fecha de caducidad, que solo estaba de prestado. Sabía que llegaría el momento de volver, y que aunque se tratase solo de un “à bientôt”, la vuelta se haría mucho de esperar.

En ocasiones, y aún a mil kilómetros de distancia, le gustaba fantasear e imaginarse de nuevo allí, mientras escuchaba “La vie en rose”, esa que hace no tanto parecía ser la banda sonora de sus días.

Recordaba cada detalle a la perfección, cada mágico rincón, y el olor a pan recién hecho, fuera la hora que fuese.

Sonreía al pensar como un día, muy muy lejano, pudo sentir miedo de una ciudad así, siempre llena de luz y color, siempre tan viva y repleta de gentes. Bicicletas, violinistas, camisas de rayas, y boinas. Quizá fueran tópicos, pero a ella habían logrado robarle el corazón.
Sonreía al recordar cómo, al poco tiempo de llegar, de acomodarse a la que ya había pasado a ser SU ciudad – aún siéndolo solo de adopción- hasta los suburbios le parecían algo de lo que sentirse orgullosa.

Pero, ¿de qué otra manera podía sentirse? Si sentarse en el tiovivo a contemplar al viejo pianista que bordaba “La Vals d´Amelie” ya formaba parte de sus mejores recuerdos. Porque es eso todo lo que le quedaba sí, recuerdos. El sonido del tranvía, el mendigo de siempre, aquellos carniceros que le hacían sentirse como en casa… quedaban relegados a simples, y con el tiempo a vagos recuerdos.

Cerro los ojos y se sintió de nuevo allí por un momento, como si el tiempo no hubiera pasado...

miércoles, 20 de octubre de 2010

7 de Juin 2010, à Montpellier, France.

(...)

Y demasiadas páginas ya sin citar a Pati... ¡ingenua! ¡si todo el mundo sabe que lo mejor siempre se deja para el final! Y en este caso ella es el brownie con helado de vainilla y fresas (puestos a sumar calorías...) de mi Erasmus.

Creo que desde el momento en que la conocí me "enamoré". De ella y de la pareja tan genial que formaba con Manu, y pronto supe que había encontrado mi sitio, que sabía dónde y con quién quería estar.

Fue una especie de flechazo y fue una suerte que fuera correspondido, hasta el punto que desde entonces, no pasa un día en el que no estemos juntas.

Me hace gracia pasar las horas con ella, y llegar a casa para darme cuenta que aún tenemos cosas que contarnos (como diría Emma, "confesiones" que tratar). Nunca nos despedimos con un "hasta mañana" porque sabemos que "ahora hablamos por las redes".

Es la persona con la que más he discutido aquí, pero también que más horas me ha aguantado, que más me conoce, y que más me cuida. Por eso, puedo decir que la considero como una hermana mayor, a la que llamas en situaciones de estrés, cuando no quieres preocupar a "mamá", pero también siempre que hay buenas noticias.

(...)


Felicidades muchas, hoy y siempre, pequeño ratón.
Espero poder seguir a tu lado compartiendo las muchas felicidades que nos reserva el destino.
Ya han pasado casi cuatro meses desde que acabó la aventura, el sueño que estábamos viviendo...
¿pero qué digo? ¡si no ha hecho más que empezar!

SOYONS HEUREUX

martes, 12 de octubre de 2010

Elige la vida, elige un empleo, elige una carrera, elige una familia, elige un televisor grande que te cagas, elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas electricos. Elige la sal, colesterol bajo y seguros dentales, elige pagar hipotecas a interes fijo, elige un piso piloto, elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego, elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos, elige el bricolaje y preguntate quien coño eres los domingos por la mañana, elige sentarte en el sofa a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espiritu, mientras llenas tu boca de puta comida basura, elige pudrirte de viejo, cagandote y meandote encima, en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoistas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte, elige tu futuro, elige la vida. Pero ¿porque iba yo a querer hacer algo asi?. Yo eligi no elegir la vida, yo elegi otra cosa. ¿Y las razones?, ¡no hay razones!. ¿Quien necesita razones cuando tienes heroina?

Things I never told you

Me gustó tumbarme en la hierba, mirar las estrellas, aunque más bien eran ellas las que se quedaban embobadas con nosotros.

Me gustaron los paseos acompañados de cucuruchos de chocolate, o en bici por el puerto.

Me gustó oírte tocar y creer que “You´re gonna be the one that saves me”.  Sentirme orgullosa de ti, cada salto, y cada vez más y más alto.

Me gustó verte dormir, despertarte con un beso, al que seguían una centena.

Me gustó el concierto, aún pasado por agua. El pelo empapado, y sí, los ojos también.

Me gustó bailar a lo loco, como quinceañeros, hasta que nos dolían los pies.

Me gustaron nuestras borracheras, confesando lo inconfesable, sin parar de reír, y creyendo que nos comeríamos el mundo.

Me gustaron las charlas interminables en el autobús, jugar a adivinar letras de canciones, reírnos de todo y por nada.

Me gustaron tus consejos, incluso los más duros, siempre pendiente de que todo fuera bien.

Me gustó hablar bajo la lluvia, o descalzos en el parque. Pizzas para llevar y horas y horas de conversación.

Me gustaron los viajes y aventuras, pero también las noches sin salir de casa, o las tardes que escondían su aburrimiento descorchando una botella de vino.

Me gustó Barcelona, porque sus calles me parecieron otras contigo.

Me gustó hacer planes, preparando todo al detalle, a pesar de que sabíamos que nunca los cumpliríamos...

martes, 5 de octubre de 2010

Mejor que la vida

Felicidad en estado puro, brutal, natural, volcánico, que gozada, era lo mejor del mundo... Mejor que la droga, mejor que la heroína, mejor que la coca, chutes, porros, hachís, rallas, petas, hierba, marihuana, cannabis, canutos, anfetas, tripis, ácidos, lsd ,éxtasis... Mejor que el sexo, que una felación, que un 69, que una orgía, una paja, el sexo tántrico, el kamasutra, las bolas chinas... Mejor que la nocilla y los batidos de plátano... Mejor que la trilogía de George Lucas, que la serie completa de los Teleñecos, que el fin del Milenium... Mejor que los andares de Ally Mcbeal, Marilyn, la Pitufina, Lara Croft, Naomi Campbell y el lunar de Cindy Crawford... Mejor que el pequeño paso de Amstrong sobre la Luna, el Space Mountain, Papa Noel, la fortuna de Bill Gates, las malas experiencias cercanas a la muerte, la resurrección de Lázaro, todos los chutes de testosterona de Schwarzenegger, el colágenos de los labios de Pamela Anderson, mejor que los excesos de Morrinson... Mejor que la libertad... Mejor que la vida.

Gajes del oficio!

Cartas desde el infierno

Lo creas o no, aunque nada es igual, nada ha cambiado. El barrio sigue como cuando lo dejamos, sus calles, sus gentes… por aquí el tiempo no parece haber pasado.

Para colmo ha llegado el mal tiempo, y lo siento pero me resulta imposible ponerle buena cara. Madrid calado hasta los huesos… pero no es nada que unos cuantos chupitos de tequila no puedan solucionar.

¿Qué fue de aquellas tardes de Ben&Jerry´s? la máxima expresión de nuestro amor por el chocolate, lo que en ocasiones iba unido a unas terribles ganas de vomitar.

¿Qué fue de nuestros viajes en coche oyendo Juan Luis Guerra a todo trapo? Bastaba con cambiar el merengue por algo más “in” al entrar a un sitio público… ¿nosotras? ¿Visa para un sueño? ¡No sé de qué me hablas!

Hamburguesas de un euro que nos sabían a poco menos que a caviar, y bocatas de bacon con queso que ponían su granito de arena en nuestra poco equilibrada, pero suculenta dieta diaria.

Cine, ¡qué de cine! Comedias románticas en periodos de gripe (a), y paquetes y paquetes de clínex.

Bromas absurdas, al más puro estilo de Jardiel Poncela (¡qué gran literato!) y esa capacidad de verle siempre el lado bueno a la vida.

 “Ser felíz, aun sin tener motivos”.

lunes, 4 de octubre de 2010

.

Recuerdo la madrugada en que aterricé en Buenos Aires como si fuera ayer.

El viaje desde el aeropuerto a casa por la panamericana que después recorrería tantas veces. Los primeros carteles que desde el taxi ví, los primeros olores. Los atascos.

Recuerdo la primera vez que ví Plaza Italia, y la calle Jorge Luis Borges. Recuerdo todo empapado de inocencia. Toda una ciudad sin estrenar, nueva.

Mi portal, mi escalera, mi habitación número once. La ayudante de cocina, que se llamaba Olga, como yo. Recuerdo entrar en mi habitación por primera vez y soltar las maletas. Y sentarme en el suelo, agotada y empezar a reír.