sábado, 8 de enero de 2011

(...) the angel from my nightmare (...)

    Ya solo tenía una o dos pesadillas al mes, tres en el peor de los casos. No era mucho, pero suponía no haber alcanzado ese anhelado 100% que al fin la dejaría dormir tranquila (nunca mejor dicho).

En todos los sueños se repetía la misma escena, y no había que ser ni muy listo ni ningún psicoanalista para darse cuenta que su mayor preocupación era tener que volver a verle.

Pensó en hacer una “terapia de choque”. Presentarse en su casa, llamar a la puerta y soltarle una parrafada, sin pararse si quiera a respirar, sin dejar que él dijera nada.

Le diría todo aquello que no se habían dicho en un año. Que le alegraba su felicidad, que hubiera rehecho su vida... pues ella, a su manera, también lo había hecho. Supongo que no sería muy difícil que algún “lo siento” se le escapase de paso.

Y entonces cerraría la puerta corriendo, y se iría por donde había venido, así de rápido, así de simple.

Total, solo unas pocas manzanas separaban la vida de él, de la de ella. Ella, que había pasado de serlo todo para él, a no ser nada… Tampoco les había quedado más remedio que así fuera.

De no haber puesto tierra (¡y qué de tierra! ¡1000 kilómetros de tierra!) de por medio, hubieran seguido haciéndose daño, prolongando un amor ya gastado por el uso y por el paso de los años.

¿Y ahora?, demasiado tarde para ser ¿amigos?. No tenía sentido alguno, ellos que ya se lo habían dado todo, que ya no tenían nada que ofrecerse.

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