Víctor tiene 17 años. Vive en un pueblo de apenas 1000 habitantes y cada mañana coge el autobús para ir al instituto más cercano, a unos diez kilómetros.
Lleva la vida de cualquier chaval de su edad. Estudia lo justo y necesario, y pasa el rato con los amigos.
Sin embargo, Víctor no es un chico normal. Víctor se pasa el día en las nubes, y no como lo hacen el resto de adolescentes. Víctor puede volar.
La velocidad siempre fue lo suyo, desde que era pequeño. Piernas llenas de cardenales, para él heridas de guerra. Ya en aquel entonces la bici era su vida. Con 13 años, ayudado por su padre, construyó un circuito de saltos en una finca al lado de su casa. Fueron muchas tardes de verano, de calor asfixiante y azada en mano, pero que realmente merecieron la pena.
- - Papá, estoy cansado- Se quejaba, pero a la hora de la verdad era siempre el último en soltar la pala.
Hoy, Víctor ya no es un muchacho. Sus facciones fuertes y marcadas y su robusta espalda le hacen parecer mayor. Su pelo negro, siempre alborotado, quizás a causa del viento, de vivir en una carrera constante. Hoy, Víctor ya no se queja cuando el sol aprieta con fuerza, ni cuando la nieve del suelo le hace resbalar y caerse; pues con cada caída, cada salto erróneo, a él le entran aún más ganas de volar, de llegar más y más alto si cabe.
Tras varios Cancanes, Tables y Supermanes, Víctor me deleita con un increíble 360. “Parece que va a tocar el cielo”, se me escapa al verle.
No hay duda de que Víctor tiene talento, y podría llegar muy alto (valga la redundancia), pero no siempre las oportunidades caen del cielo, y en su caso, tendrá que subir él a buscarlas.
Imagino cómo sería la historia de Víctor al otro lado del charco, en California, donde nacían tres letras que cambiarían la vida de muchos jóvenes bikers, para los que, como Víctor, el infinito era el único límite.
Pero Víctor no ha nacido en la tierra de las oportunidades, y vivir en un pueblo en medio de las montañas le mantiene demasiado alejado incluso de Madrid, allí donde ocurren la mayoría de las competiciones de BMX. Ya van dos carreras a las que se apunta y luego no puede asistir. “Mi padre trabaja los fines de semana y no puede llevarme. Pierdes los treinta euros que te cuesta la inscripción”, me cuenta con pena; aunque él y yo sabemos que eso es lo de menos, que pasar una noche en vilo soñando con un público expectante, en el que, por qué no, se encuentre quizás un ojeador, es algo de valor incalculable.
Me despido de Víctor y le doy las gracias por su tiempo, por haberme hecho soñar despierta durante las casi tres horas que le he visto en el aire. “No tiene importancia”, me dice, y es verdad, pues sus horas están allí metidas, en aquel circuito, haga frío o calor, sea verano o invierno. No hay nada que pueda frenarle.

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