Solía escribir sobre el amor, aunque, a decir verdad, ya ni se acordaba de lo que aquellas cuatro letras venían a significar.
Hacía mucho que no experimentaba la sensación de querer a alguien por encima de todo, que no se le paraba el tiempo en un beso. "Tanto mejor", se decía, pues consideraba que ya había llorado lo bastante, suficiente, como para una vida entera.
Del amor solo recordaba la desagradable sensación de sentirlo perdido, de verle desvanecerse de pronto, de la mano de la ilusión y las endorfinas del comienzo. Y el comienzo, ese en el que el amor logró llenar sus ojos de lágrimas, pero en este caso de felicidad, ese se le antojaba muy muy lejano.
El libro del amor lo había leído con tanto ansia al principio... pero al final, sus páginas ya monótonas y vacías, le habían llevado a esconderlo, polvoriento, en un cajón.
Por eso ahora, del amor sabía bien poco, y ya ni siquiera estaba segura de haberlo vivido. Como si aquella adolescente de hormonas alteradas y cosquillas en el estómago nunca hubiera sido ella, como si fuese otra la protagonista de sus vagos recuerdos.
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