Muchos filósofos, científicos, teóricos, estudiosos, psicólogos, e incluso artistas del pop nacional, habían teorizado ya sobre el tema.
Pastora Soler no había sido la única en poner su granito de arena con aquello de “lo que se acaba se acaba y es mejor dejarlo así”; no, pues ya otro sabio (llamémosle Anónimo García), tras cientos de investigaciones, de experimentos con ratones de campo (y alguna que otra rata de cloaca que pasaba por allí), y de colocones de yerba que le darían la clave, anunció: “Hay que ir pa´ lante como los de Alicante”. ¡Qué gran verdad!
Los malos recuerdos debían dejarse olvidados junto con los libros y apuntes de la E.G.B; y los buenos… esos podían sacarse, pero solo con moderación (Ministerio de Sanidad, Gobierno de España).
Entre tanto yo, uno más de los seis mil millones de habitantes del planeta Tierra, estaba dotada con un poder sobrenatural, pero al igual que los de nuestros adorados (y adorables) superhéroes, resultaba un arma de doble filo.
Podía recordarlo todo. La ropa que llevaba puesta él, el tiempo que hacía, lo que tomó de postre, su perfume, la hora exacta del primer beso (y lo que es peor, también la del último),y el color de sus Nike Air Max (esas que tanto me molaban).
Putada, pues la vida sigue y tan solo detenerse a echar una pequeña ojeada a lo que quedó atrás… ¡ERROR! Pues podrías estar perdiéndote algo increíble, aquí, ahora, en el mundo real, en vivo y en directo.
Los diferidos, esos que queden relegados a los momentos de melancolía que de vez en cuando (y repito, siempre con moderación) podemos permitirnos.
Como última advertencia, si llega el día en que deciden darse el gustito de soñar despiertos con lo que fue (que no con lo que pudo haber sido), mantengan fuera de su alcance el chocolate en cantidades industriales y las bebidas alcohólicas.
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