miércoles, 19 de enero de 2011

Carretera y manta

    Había vivido todo un año de encuentros y reencuentros. ¡Cuánto lo anhelaba!. Pero también había sido un año repleto de despedidas, con sus correspondientes sabores amargos.

Y ahora, cuando por fin parecía que había logrado olvidar la sensación de un adiós, o de un hasta la próxima (eufemismos aparte, pues muchas veces venía a significar lo mismo)… allí estaba de nuevo, junto a las vías de un tren, ojos llorosos y maleta en mano.

La escena parecía tomada de una película de los años treinta, dotada de ese dramatismo que solo el blanco y negro consigue. Vestidos holgados, sombreros (y/o sombrillas, siempre a juego) y una serie de elementos que no viene a cuento recordar. En definitiva, puro romanticismo victoriano.

En su caso, se trataba más bien de unos vaqueros “cagaos” (“lo siento mamá, sé que no los soportas”, se dijo), una maleta repleta de folios escritos (y otros tantos en blanco que estaban aún por llenar), y unas All Star demasiado desgastadas como para emprender los miles de kilómetros que tenía por delante.

Llegaba el momento de dejar atrás su vida, su familia, sus amigos… Fuese temporal o no, el caso es que la despedida era inminente, y entre besos y abrazos se despidió y subió al tren.

El viaje estaba a punto de comenzar…

Pero, no nos engañemos, se trataba solo del primer escalón en su viaje a las Américas (cual Cristóbal Colón). El tren no era más que el medio de llegar al aeropuerto, donde cogería  un avión que tan solo era un mero intermediario, pues aún le estaría esperando otro vuelo (seis horas muertas en la terminal, nada más y nada menos), hasta que medio día después… ¡tachán! “Ha llegado a su destino”.

Aquello de cruzar el gran charco era más cansado de lo que parecía; pero las ganas y la ilusión que tenía por conocer, por vivir todo aquello, tan nuevo y tan diferente, le aportaban la dosis de cafeína que necesitaba.

Ya en la recta final de su viaje (el cual parecía haber emprendido hace una semana), comenzó a soñar despierta imaginando cada detalle. La casita que había alquilado al lado de la playa, las paredes de colores... ¡Todo verde allá donde mirase! Y se quedó dormida.

De pronto, algo la sacó de su sueño. No se trataba de una voz fría y robótica como la de su GPS, si no del susurro suave de su compañero de asiento:
 - Bem-vinda senhorita!
Y sintió que la aventura no podía haber empezado mejor.

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