Se abotonó los botones de la camisa mientras miraba por la ventana. Siempre la gustaba hacer eso. Lo de mirar por las ventanas de habitaciones ajenas. (Lo de los botones se la daba peor, no había camisa en su armario -o más bien en su maleta- cuyos botones no hubiesen caído en los agujeros incorrectos) La gustaba imaginar a los dueños de esas habitaciones mirando por esas ventanas e intentando imaginar qué sentían al contemplar esas familiares vistas.
Ella, en sus innumerables noches extranjeras, había extrañado muy mucho el paisaje que la ofrecía la ventana de su infancia en Madrid. Pero también las de su depto en Figueroa Alcorta. Y también las de Palermo Soho al atardecer. Y las del barrio Santa Engracia. Y las antenas de los tejados de Parque Capri, la Panamericana desde Caseros 13. Así como sabía que algún día llegaría a extrañar el Lago Constanza desde su Zimmer compartida.
Podría decirse (y de hecho, ella más de una vez lo dijo) que era una auténtica coleccionista de ventanas. O mejor dicho, de paisajes.
Y también sin la i. Pasajes. Pasajes de embarque. Paisajes de embarque.
(o el contexto en el que te vistes y te marchas, no sin antes grabar en tu memoria el Paisaje de su 3ºA, y regalar un beso de hasta siempre a sus -desde entonces- ojos dormidos)
[...]
Si el tercero A es un guiño a mi persona (que no lo creo) y a mi residencia carabanchelera... he de decir que te echo de menos mi mona de feria particular!
ResponderEliminarDe sobra sabes que soy una chica dura.
ResponderEliminarPero mi subconciente me traiciona. Está hecha toda una sentimentalista.